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La condición de capital cultural se impone en primer lugar como
una hipótesis indispensable para dar cuenta de las diferencias
en los resultados escolares que presentan niños de diferentes
clases sociales respecto del éxito escolar, es decir,
los beneficios específicos que los niños de distintas
clases y fracciones de clase pueden obtener del mercado escolar, en
relación a la distribución del capital cultural entre
clases y fracciones de clase. Este punto de partida significa una ruptura
con los supuestos inherentes tanto a la visión común que
considera el éxito o el fracaso escolar como el resultado de
las aptitudes naturales, como a las teorías de capital
humano.(1)
Los economistas tienen el aparente mérito
de plantear explícitamente la cuestión de la relación
entre las tasas de rendimiento aseguradas por la inversión
educativa y la inversión económica (y de su evolución).
A pesar de que su medición del rendimiento escolar sólo
toma en cuenta las inversiones y las ganancias monetarias (o directamente
convertibles en dinero), como los gastos que conllevan los estudios
y el equivalente en dinero del tiempo destinado al estudio, no pueden
dar cuenta de las partes relativas que los diferentes agentes o clases
otorgan a la inversión económica y cultural, porque
no toman en cuenta, sistemáticamente, la estructura de oportunidades
diferenciales del
beneficio que les es prometido por los diferentes mercados, en función
del volumen y de la estructura de su patrimonio. (Ver en particular
G.S. Becher, Human Capital, New York, Columbia
University Press, 1964).
Además, al dejar de reubicar las estrategias de inversión
escolar en el conjunto de las estrategias educativas y en el sistema
de las estrategias de la reproducción, se condenan a dejar escapar,
por una paradoja necesaria, las más oculta y la más determinada
socialmente de las inversiones educativas, a saber, la transmisión
del capital cultural.
Sus interrogantes sobre la relación entre la aptitud
(ability) por los estudios y la inversión de estudios, demuestran
que ignoran que la aptitud o el don es también
el producto de una inversión en tiempo y capital cultural (Id.,
p. 63-66). Y se entiende entonces, que al evaluar los beneficios de
la inversión escolar, sólo se pueden interrogar sobre
la rentabilidad de los gastos educativos para la sociedad
en su conjunto (social rate of return) (Id., p. 121), o sobre la contribución
de la educación a la productividad nacional (The
social gain of education as measured by its effects on nacional
productivity) (Id., p.155).
Esta definición, típicamente funcionalista de las funciones
de la educación, que ignora la contribución que el sistema
de enseñanza aporta a la reproducción de la estructura
social, al sancionar la transmisión hereditaria del capital cultural
se encuentra de hecho comprometida, desde su origen, con una definición
del capital humano, la cual a pesar de sus connotaciones
humanistas, no escapa a un economicismo e ignora que el
rendimiento de la acción escolar depende del capital cultural
previamente invertido por la familia. Desconoce también que el
rendimiento económico y social del título escolar, depende
del capital social, también heredado, y que puede ponerse a su
servicio.
El capital cultural puede existir bajo tres formas: en el estado incorporado,
es decir, bajo la forma de disposiciones duraderas del organismo; en
el estado objetivado, bajo la forma de bienes culturales, cuadros, libros,
diccionarios, instrumentos, maquinaria, los cuales son la huella o la
realización de teorías o de críticas a dichas teorías,
y de problemáticas, etc., y finalmente en el estado institucionalizado,
como forma de objetivación muy particular, porque tal como se
puede ver con el titulo escolar, confiere al capital cultural que
supuestamente debe de garantizar las propiedades totalmente originales.
El estado incorporado
La mayor parte de las propiedades del capital cultural puede deducirse
del hecho de que en su
estado fundamental se encuentra ligado al cuerpo y supone la incorporación.
La acumulación
del capital cultural exige una incorporación que, en la medida
en que supone un trabajo de
inculcación y de asimilación, consume tiempo, tiempo que
tiene que ser invertido personalmente por el inversionista
(al igual que el bronceado, no puede realizarse por poder(2)): El trabajo
personal, el trabajo de adquisición, es un trabajo del sujeto
sobre sí mismo (se habla de cultivarse). El capital cultural
es un tener transformador en ser, una propiedad hecha cuerpo que se
convierte en una parte integrante de la persona, un hábito.(3)
Quien lo posee ha pagado con su persona, con lo que tiene
de más personal: su tiempo. Este capital personal
no puede ser transmitido instantáneamente (a diferencia del dinero,
del título de propiedad y aún de nobleza) por el don o
por la transmisión hereditaria, la compra o el intercambio. Puede
adquirirse, en lo esencial, de manera totalmente encubierta e inconciente
y queda marcado por sus condiciones primitivas de adquisición;
no puede acumularse más allá de las capacidades de apropiación
de un agente en particular; se debilita y muere con su portador (con
sus capacidades biológicas, su memoria, etc.). Por estar ligado
de múltiples maneras a la persona, a su singularidad biológica,
y por ser objeto de una transmisión hereditaria siempre altamente
encubierta y hasta invisible, constituye un desafío para todos
aquellos que apliquen la vieja y persistente distinción que hacían
los juristas griegos entre las propiedades heredadas
(tapatroa) y las adquiridas (epikte ra) es decir, agregadas
por el propio individuo a su
patrimonio hereditario de manera que alcance a acumular los prestigios
de la propiedad innata y los méritos de la adquisición.
De allí que este capital cultural presenta un más alto
grado de
encubrimiento que el capital económico, por lo que está
predispuesto a funcionar como capital
simbólico, es decir desconocido y reconocido, ejerciendo un efecto
de (des)conocimiento, por
ejemplo sobre el mercado matrimonial o el mercado de bienes culturales
en los que el capital
económico no está plenamente reconocido.
La economía de las grandes colecciones de pintura, de las grandes
fundaciones culturales, así
como la economía de la beneficencia, de la generosidad y del
legado, descansan sobre
propiedades del capital cultural que los economistas no pueden explicar.
Por su naturaleza, al
economicismo se le escapa la alquimia propiamente social por la que
el capital económico se
transforma en capital simbólico, capital denegado o más
bien desconocido. Paradójicamente
también ignora la lógica propiamente simbólica
de la distinción que asegura provechos materiales y simbólicos
a los poseedores de un fuerte capital cultural, quienes reciben un valor
de escasez según su posición en la estructura de la distribución
del capital cultural (en ultimo análisis, este valor de escasez
se basa en el principio de que no todos los agentes tienen los medios
económicos y culturales para permitir a sus hijos proseguir sus
estudios, más allá de un mínimo necesario para
la reproducción de la fuerza de trabajo menos valorada en un
momento dado).
Sin duda, en la lógica de la transmisión del capital cultural
es donde reside el principio más poderoso de la eficacia ideológica
de este tipo de capital.
Por una parte se sabe que la apropiación del capital cultural
objetivado y por lo tanto, el tiempo necesario para realizarla
depende principalmente del capital cultural incorporado al conjunto
de la familia, incorporación que se da mediante el efecto Arrow
generalizado (4) y todas las formas de transmisión implícita,
entre otras cosas. Por otra parte, se sabe que la acumulación
inicial de capital cultural, condición de acumulación
rápida y fácil de cualquier tipo de capital cultural útil,
comienza desde su origen, sin retraso ni pérdida de tiempo, sólo
para las familias dotadas con un fuerte capital cultural. En este caso,
el tiempo de acumulación comprende la totalidad del tiempo de
socialización. De allí que la transmisión del capital
cultural sea sin duda la forma mejor disimulada de transmisión
hereditaria de capital y, por lo mismo, su importancia relativa en el
sistema de las estrategias de la reproducción es mayor, en la
medida en que las formas directas y posibles de transmisión tienden
a ser más fuertemente censuradas y controladas.
Inmediatamente se ve que es a través del tiempo necesario para
la adquisición como se establece el vínculo entre el capital
económico y el capital cultural. Efectivamente, las diferencias
entre el capital cultural de una familia, implican diferencias, primero,
en la precocidad del inicio de la transmisión y acumulación,
teniendo por límite la plena utilización de la totalidad
del tiempo biológico disponible, siendo el tiempo libre máximo
puesto al servicio del capital cultural máximo. En segundo término,
implica diferencias en la capacidad de satisfacer las exigencias propiamente
culturales de una empresa de adquisición prolongada. Además
y correlativamente, el tiempo durante el que un individuo puede prolongar
su esfuerzo de adquisición, depende del tiempo libre que su familia
le puede asegurar, de decir, liberar de la necesidad económica,
como condición de la acumulación inicial.
El estado objetivado
El capital cultural en su estado objetivado posee un cierto número
de propiedades que se definen solamente en su relación con el
capital cultural en su forma incorporada. El capital cultural objetivado
en apoyos materiales tales como escritos, pinturas, monumentos,
etc., es transmisible en su materialidad.
Una colección de cuadros, por ejemplo, se transmite también
como el capital económico, si no es que mejor, ya que posee un
nivel de eufemización superior que aquél. Pero lo que
es transmisible es la propiedad jurídica y no (o necesariamente)
lo que constituye la condición de la apropiación específica,
es decir, la posesión de instrumentos que permiten consumir un
cuadro o bien utilizar una máquina, y que por ser una forma de
capital incorporado, se someten a las mismas leyes de transmisión.
Así los bienes culturales pueden ser objeto de una apropiación
material que supone el capital
económico, además de una apropiación simbólica,
que supone el capital cultural. De allí que el
propietario de los instrumentos de producción debe de encontrar
la manera de apropiarse, o bien del capital incorporado, que es la condición
de apropiación específica, o bien de los servicios de
los poseedores de este capital: es suficiente tener el capital económico
para tener máquinas; para apropiárselas y utilizarlas
de acuerdo con su destino específico (definido por el capital
científico y técnico que se encuentra en ellas incorporado)
hay que disponer, personalmente o por poder, del capital incorporado.
Tal es sin duda el fundamento del estatuto ambiguo de los cuadros:
si se enfatiza el hecho de que no son los propietarios (en el sentido
estrictamente económico) de los medios de producción que
utilizan, y que solamente sacan provecho de su capital cultural vendiendo
los servicios y los productos que les es posible, se les ubica del lado
de los dominados; si se insiste en el hecho de que se benefician con
la utilización de una forma particular de capital, son colocados
del lado de los dominadores. Todo parece indicar que en la medida en
que se incrementa el capital cultural incorporado a los instrumentos
de producción (al igual que el tiempo incorporado necesario para
adquirir los medios de apropiárselo, o sea, para atender a su
intención objetiva, su destino y su función) la fuerza
colectiva de los propietarios del capital cultural tendería a
incrementarse, a menos de que los dueños de la especie dominante
del capital no estuvieran en condición de poner a competir a
los poseedores del capital cultural (éstos, además, tienen
una inclinación a la competencia, dadas
las condiciones mismas de su selección y formación, particularmente
en la lógica de la competencia escolar y el concurso).
El capital cultural en su estado objetivado se presenta con todas las
apariencias de un universo
autónomo y coherente, que, a pesar de ser el producto del actuar
histórico, tiene sus propias leyes trascendentes a las voluntades
individuales, y que, como lo muestra claramente el ejemplo de la lengua,
permanece irreductible ante lo que cada agente o aún el conjunto
de agentes puede apropiarse (es decir, de capital cultural incorporado).
Sin embargo, hay que tener cuidado de no olvidar que este capital cultural
solamente subsiste como capital material y simbólicamente activo,
en la medida en que es apropiado por agentes y
comprometido, como arma y como apuesta que se arriesga en las luchas
cuyos campos de
producción cultural (campo artístico, campo científico,
etc.) y más allá, el campo de las clases sociales
sean el lugar en donde los agentes obtengan los beneficios ganados por
el dominio sobre este capital objetivado, y por lo tanto, en la medida
de su capital incorporado.(5)
El estado institucionalizado
La objetivación del capital cultural bajo la forma de títulos
constituye una de las maneras de
neutralizar algunas de las propiedades que, por incorporado, tiene los
mismos límites biológicos que su contenedor. Con el título
escolar esa patente de competencia cultural que confiere a su
portador un valor convencional, constante y jurídicamente garantizado
desde el punto de vista de la cultura la alquimia social produce
una forma de capital cultural que tiene una autonomía relativa
respecto a su portador y del capital cultural que él posee efectivamente
en un momento dado; instituye el capital cultural por la magia colectiva,
a la manera (según Merleau Ponty) como los vivos instituyen sus
muertos mediante los ritos de luto. Basta con pensar en el concurso,
el cual a partir del continuum de las diferencias infinitesimales entre
sus resultados, produce discontinuidades durables y brutales del todo
y la nada, como aquello que separa el último aprobado del primer
reprobado, e instituye una diferencia esencial entre la competencia
estatutariamente reconocida y garantizada, y el simple capital cultural,
al que se le exige constantemente validarse. Se ve claramente en este
caso, la magia del poder de instituir, el poder de hacer ver y de hacer
creer, o, en una palabra, reconocer.
No existe sino una frontera mágica, es decir impuesta y sostenida
(a veces arriesgando la vida), por la creencia colectiva (verdad
del lado de los Pirineos, error más allá de ellos).
Es la misma diacrisis originaria la que instituye el grupo como realidad
a la vez constante (es decir, trascendente a los individuos), homogénea
y diferente, mediante la institución (arbitraria y desconocida
en tanto tal) de una frontera jurídica que instituye los últimos
valores del grupo, aquellos que tienen como principio la creencia del
grupo en su propio valor y que se definen en oposición a los
otros grupos.
Al conferirle un reconocimiento institucional al capital cultural poseído
por un determinado
agente, el título escolar permite a sus titulares compararse
y aun intercambiarse (substituyéndose los unos por los otros
en la sucesión). Y permite también establecer tasas de
convertibilidad entre capital cultural y capital económico, garantizando
el valor monetario de un determinado capital escolar. El título,
producto de la conversión del capital económico en capital
cultural, establece el valor relativo del capital cultural del portador
de un determinado título, en relación a los otros poseedores
de títulos y también, de manera inseparable, establece
el valor en dinero con el cual puede ser cambiado en el mercado de trabajo.
La inversión escolar sólo tiene sentido si un mínimo
de reversibilidad en la conversión está objetivamente
garantizado. Dado que los beneficios materiales y simbólicos
garantizados por el título escolar dependen también de
su escasez, puede suceder que las inversiones (en tiempo y esfuerzos)
sean menos rentables de lo esperable en el momento de su definición
(o sea que la tasa de convertibilidad del capital escolar y del capital
económico sufrieron una modificación de
facto). Las estrategias de reconversión del capital económico
en capital cultural, como factores
coyunturales de la explosión escolar y de la inflación
de los títulos escolares, son determinadas por las transformaciones
de las estructuras de oportunidades del beneficio, aseguradas por los
diferentes tipos de capital.
NOTE
* Tomado de Actes de la Recherche en Sciences
Sociales¸ 30 de noviembre de 1979. Traducción de Mónica
Landesmann. Texto extraído de: Bourdieu, Pierre, Los Tres
Estados del Capital Cultural, en Sociológica, UAM- Azcapotzalco,
México, núm 5, pp. 11-17.
1 Hablar de los conceptos a través de ellos mismos
en vez de hacerlos funcionar, siempre lo expone a uno a ser esquemático
y formal, es decir, teórico en el sentido más
corriente de este término, y el más comúnmente
aprobado.
2 De allí, de que todas las medidas del capital
cultural, las más exactas sean las medidas de referencia a tiempo
de adquisición, a condición, por supuesto, de no reducirlo
al tiempo de escolarización y de tomar en cuenta la prima de
educación familiar dándole un valor positivo (correspondiente
al valor del tiempo ganado, de avance) o negativo (correspondiente al
tiempo perdido, y duplicado, puesto que habrá que gastar tiempo
para corregir los efectos) según su distancia respecto a las
exigencias del mercado escolar.
(¿Es necesario preguntar, a fin de evitar todo malentendido,
que esta propuesta no implica ningún reconocimiento del valor
de los veredictos escolares y sólo consiste en registrar la relación
que establece en los hechos, entre un cierto capital cultural y las
leyes del mercado escolar?) Quizá no sea inútil recordar
que algunas disposiciones afectadas por un valor negativo en el mercado
escolar, pueden tener un valor altamente positivo sobre otros mercados
y primero, por supuesto, en las relaciones internas a la clase.
3 De allí que la utilización o la explotación
del capital cultural meta en problemas peculiares a los detentadores
del capital económico o político, trátese de mecenas
privados, o bien, en el otro extremo, de patrones empresarios que emplean
cuadros dotados de una específica competencia cultural
(sin referirnos ya a los nuevos mecenas de Estado): ¿Cómo
comprar este capital estrechamente unido a la persona, sin comprarla
a ella, si eso ocasiona privarse del efecto de disimulación de
la dependencia? ¿Cómo concentrar el capital cuestión
necesaria para ciertas empresas sin concentrar a sus portadores,
si de ello resultan consecuencias rechazadas de antemano?
4 Lo que yo llamo el efecto Arrow generalizado, es
el hecho de que el conjunto de los bienes culturales, cuadros, monumentos,
máquinas, objetos labrados, y en particular, todos aquellos que
forman parte del ambiente natal, ejercen por su sola existencia, un
efecto educativo; es sin duda uno de los factores estructurales de la
explosión escolar, en el sentido en que el crecimiento de la
cantidad de capital cultural acumulado en el estado objetivo incrementa
a su vez, la acción educativa que ejerce automáticamente
en el medio ambiente. Si además de esto, el capital cultural
incorporado crece constantemente, se puede ver cómo, en cada
generación, lo que el sistema puede considerar como ya adquirido,
se ha ido incrementando.
5 La mayoría de las veces la relación dialéctica
entre el capital cultural objetivado, cuya forma por excelencia es la
escritura, y el capital incorporado, se ha reducido a una descripción
exaltada de la degradación del espíritu por la letra, de
lo vivo por lo inerte, de la creación por la rutina, de la gracia
por la pesadez. |
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